Odio esta condición ...
Este sitio me es familiar, siempre llego. Los pinchazos, el sonido adormecedor del oxígeno y la sensibilidad que se me agudiza desde el momento en que arranca la primer nebulización.
La guardia es un lugar triste.
Hoy llegué con dos gotas de aire.
Mi pecho es una piedra contenida dentro de la piel, ocupa espacio. Me gustaría poder picarla, hasta romperla, hacerla polvo y vomitarla. Pero el proceso es más lento que eso.
Me atiende una médica de ambo color violeta. Me hace preguntas. El color de mis mocos, si fumo, si hice fiebre, cómo saturo. Me ausculta.
Voy a la sala, elijo el viejo sillón azul, esta desocupado. Llega la enfermera, que suele ser una simpática señora provinciana. Levanto mi manga derecha esta vez. Ella busca mi vena y dificultosamente encuentra un lugar apropiado.
Pincha. Miro. A mí me gusta ver a esa aguja gruesa e intrusa, interviniendo mi epidermis, mi sangre.
Admiro la determinación de la enfermera, no duda. Luego detenga la mirada en la jeringa y en ese líquido notoriamente espeso que va desapareciendo.
¡Listo!. Me sonría la señorona. Ya está adentro mío.
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