viernes, 7 de septiembre de 2012

Como si tuviéramos una casa en un árbol

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En el 3º piso de un edificio del barrio de floresta tres señoritas y un muchacho almorzaban fideos con vegetales salteados, mientras la ventana empañada del living comedor no dejaba saber a ciencia cierta qué momento del día era.
Azucena contaba, faso en mano, uno de los mejores momentos de su vida en versión anécdota. Tenía un flequillo brilloso y una voz cómoda y limpia. Había conocido a su ídolo de la adolescencia, el líder de una banda de rock and roll. Un pobre tipo que supo escribir canciones sobre lo sucio que puede ser todo. Ella lo fue a buscar a su casa, y él, la recibió. Lo acompañó en diferentes actividades taciturnas y finalmente a la cama. Palabras textuales de Azucena Guzmán: ¨me gustaría no haber dormido nunca¨. Al otro día, tomó un colectivo y dos subtes para volver a su casa.

El día en que Paula se tiñó el pelo por primera vez coincide con el día en que ganó un concurso de la radio que ella escuchaba. El premio eran dos entradas para un festival de música. A cambio de otorgarlo, el conductor del programa pedía a los oyentes que contaran la mejor historia que les haya sucedido durante un recital. Ella recordó entonces un viernes en el estadio de Ferro. Había perdido de vista a sus amigos, o quizás había ido sin nadie, porque estaba sola bailando entre todos. Se había agachado a atarse los cordones, al incorporarse nuevamente la gente que tenía al rededor era otra. Se le salieron las pupilas de las cavidades de su cuerpo al divisar entre la gente al Lobo, el pibito más respetado del colegio, el galán por el que todas las chicas se hacían flequillo rollinga, y claro, el porfiado amor de su vida. El también la vio, y se acercó, pero sólo de onda. Balbucearon saludos de reconocimiento mutuo y por seis segundos una avalancha de borrachos y borrachas empujó sus cuerpos hasta hacerlos sentirse. En el segundo número 7, la misma avalancha amiga se llevó puesto al lobo en dirección desconocida.
Paula me cuenta que esos segundos se los va a llevar seguramente hasta el montaje final de lo que fue su buena vida. Me cuenta que las entradas conseguidas las compartió con su hermano, y que el día en que las ganó la castigaron por manchar la mejor toalla de la casa con tintura azul.

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