viernes, 11 de mayo de 2012

De sales y de mieles

    Puede que hoy me sienta un poco más intensa que otros días, la suma de mis días encarabinada, mirando al lado, encontrando una sombra sin su cuerpo. Un manantial de dudas y una respuesta tímida, que no se asoma por el temor a ser aplastada bajo la implacable fuerza del miedo, el enemigo más antiguo.
    Había una vez un mar, que creía ser un río, que creía ser un mar. No podía quejarse por la soledad, ya que sus aguas siempre albergaban coloridos peces, que jugaban en sus aguas, acariciando sus pofundidades, charlándole, trayéndole las buenas nuevas de otros mares desconocidos.
    Tampoco podía alegar hambre, sed o frío. Porque su madre, el cielo, llenaba su vientre de algas para satisfacerlo, cubría su piel acuática con un suave viento cálido para dejar calentitas sus mejillas y lo llenaba de lluvias de todas las estirpes para que llenen a su vez, cada espacio, de gotitas saladas, porque, como todos dicen, a la vida no le puede faltar sal.
    Para matarle el aburrimiento, algunas tardes, una sirena de busto grande y grandes ojos solía reposar en sus costas e inventarle melodías con su voz dulce como higo maduro. Así las horas pasaban suavecitas, y juntos esperaban y observaban embelesados como en un rito la caída del sol, quién parecía quedarse quieto hasta que finalmente, burlando toda mirada, desaparecía.
    Sin embargo, el mar, no era del todo felíz. Nadie podía decir a ciencia cierta cuál era el motivo, qué era lo que vaciaba su alma, nadie daba en la tecla, ni siquiera él mismo.
    Había mañanas negras, que opacaban a las tardes naranjas y a las noches violetas. Había días sin color también. Su madre, el cielo, la miraba con ternura e incertidumbre, preparaba sus platos favoritos, la bañaba con todo su amor gigante. La sirena, aunque dudaba, adivinaba el vacío existencial y sabía con certeza que era inútil seguir sorteando respuestas, porque la pregunta estaba mal desde el vamos. En los males del alma, las sirenas son un poco brujas y los divisan desde lejos.
    Hay un monstruo que nace con uno, se cobija en algún lugarcito aislado del corazón, es bebé cuando somos bebés, crece al son nuestro. Y a medida que crece, ve con otros ojos, y ve cosas que nos vemos, las atesora, guarda imágenes, se alimenta de la mierda, es mas bien pesimista a la hora del amor. Suele dormir durante largos ratos, haciéndonos creer que se ha ido. Pero luego se despierta, y en un momento inoportuno para hacerte creer que la burbuja de tu vida es una mentira, que las madres no huelen a pastel de chocolate, que los coloridos peces no son mas que sanguijuelas, que las sirenas son tontas que desafinan y que los atardeceres son una pérdida de tiempo.
    Te hace dudar de todo, pero no te da ninguna verdad, hace temblar tus cimientos y te hace temblar a vos. Te hace escuchar las canciones más horribles, y en algún momento de debilidad sin forma, comenzás a creerle.
    Pocas cosas pueden hacer que esta invasión no resulte altamente nociva, ya que su presencia viene acompañada de un cartel en tu frente que dice: no me jodan!
    Buscás donde no hay más que sinsabores. Todo lo que encontrás es un hueco en la cama que te impide descansar.
    El mar, no sabía cuán grande podría llegar a ser esta penuria, ya que estaba condenado a una vida sin fin, a una inmortalidad innecesaria. Pero no se lamentaba, sino mas bien callaba aturdido.
    La luna, que hasta ese momento ni había asomado, pero si observado desde lejos este despertar oscuro, no lo pensó dos veces y lanzó hacia las aguas del mar un hechizo de mil estrellas, que lo penetraron en brillo, y dejaron una semilla de esperanza en uno de los rincones más oscuros.
    La semilla destellaba primaveras, prometía sonrisas llenas de miel, auguraba paraísos de caricias, y crecía, crecía, crecía.
    El mar, sorprendido, se dejo ser. El monstruo, demolido, empezo a enflaquecer.
    Y yo, que miraba desde la ventana de mi casita en la arena, vi el milagro en primera fila. Pasado el tiempo, el mar dio a luz a un lago de aguas cristalinas, y era tanta la paz eufórica que irradiaba su belleza, que el monstruo opacado se sintió envidioso, indignado, humillado por tal inmensidad de luz, y abandonó derrotado las aguas del alma del mar, quien se sintio livianito, livianito, y descanso por fin de esa lucha que había durado casi toda su vida.
    Hay hechizos infalibles, no hay monstruos invencibles.

                                                                                           Coro


Para Mar, Lauti y su pequeño lago ...

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