miércoles, 4 de junio de 2014

Una Parte ( I )

    Mi abuela siempre fue la liera, la que escapaba de la siesta para trepar al árbol de duraznos sorteando alturas y avispas en su tucumana niñez. Como yo, ella tuvo cuatro hermanos: dos mujeres y dos varones, como yo. Todos están lejos, tres que siguen donde siempre y una en la eternidad. Mi abuela los extraña por igual a todos. Pero a quien más extraña sin dudas es a su mamá, de ella siempre habla y con ella siempre sueña.
    Se llamaba Adela del Corazón de Jesús y era diaguita. Abandonada de todo afecto supo saciar su hambre bebiendo leche de las tetas de las cabras. Nunca supo leer ni escribir, pero a mi entender y según las historias de mi abuela, fue una transformadora intrépida y sabia como ella sola. No llegué a conocerla, murió de pronto en un accidente de autos, se desnucó y en un parpadear se fue a la tierra del cuento, cuatro años antes de que yo nazca. Sin embargo la siento, y deambula por la casa, por las ollas y los olores que nunca sintió porque no tenía olfato y en mi abuela, su hija que con la grandeza del amor hizo de mí esto mucho o poco que soy.
    Mi abuela Cira, la mamá de mi mamá, la mujer de mi abuelo Don René Coronel, con sus mañas y sus ternuras me enseñó a pedir deseos a los panaderos que viajan en el aire, a curar mis heridas con saliva amarga y a seguir el legado para que se extienda por la tierra, para que llegue adonde llegar debe, porque a eso vinimos todos ¿no?
    Quiero que haya alma en lo que cuento, desnuda o engalanada ...

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